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Año 2014 - Edición Nº 07
 
 
 
Nacional
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Un viaje en tren pero sin el humo del pasado
 
 
 
 
Redacción: Julio Calero Garcés
Fotos: Felipa Quinteros Morán
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Desde la estación del ferrocarril en Durán iniciamos un viaje hasta la población de General Antonio Elizalde, mejor conocida como Bucay, para conocer los aspectos positivos y negativos de las promocionadas rutas del Arroz y de la Dulzura. Cabe indicar que la estación es moderna, limpia, acogedora y con baños en muy buen estado, algo muy importante para que los viajeros puedan utilizarlos con comodidad. El valor del boleto es de 15 dólares pero para pasajeros de la tercera edad el precio es de 8 dólares, igual valor corresponde al retorno.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Estación de Durán.   Se nota un gran confort en el interior de los vagones.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Para anunciar la salida de la estación la máquina electro diesel hizo sonar un pito tipo corneta, y de inmediato lo que extrañé fue el antiguo silbato del tren cuando viajaba a la Sierra en compañía de mis padres, pues lo que se utiliza ahora me recordó mas al de los grandes camiones que circulan por las carreteras del país, pero que se le va a hacer, hay que acostumbrarse ya que la máquina electro diesel no tiene vapor para hacer sonar el silbato como antaño, asimismo, añoré las grandes locomotoras de vapor de cuyas chimeneas escapaba el humo hacia el cielo.

Para iniciar el viaje, el convoy constituido por tres vagones con aire acondicionado, 252, 253 y 254, halados por la máquina electro diesel partió de Durán a la hora exacta, esto es a las 08:00, con su capacidad casi totalmente llena.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Arrozales junto a la vía.   Estación en Yaguachi.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

En el interior, los viajeros nos instalamos en cómodos asientos para disfrutar del viaje y observar el paisaje a través de los amplios ventanales de los coches, lo único malo fue que algunos no encontramos los asientos numerados que nos fueron asignados al obtener el boleto, es así como, teniendo en mi poder el ticket número 13 en el vagón 252, nunca lo encontré pues no existía ese número, quizá fuera por cábala ya que hay personas que creen que trae mala suerte, pero igual le sucedió a otro pasajero con otro asiento, creo que era el número 7, ¿sería por otra cábala?

Al salir de la estación y en cada cruce con vías utilizadas por los vehículos automotores, además de las luces de los semáforos también observé la presencia de miembros motorizados de la Policía Nacional y de la Comisión de Tránsito del Ecuador, cruzando sus motos para detener el tráfico y dar preferencia al convoy.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
Estación de Bucay.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Baile folclórico para los viajeros en la estación de Bucay.   Reina en el desfile en honor a la Santísima Virgen del Carmen.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Por lo menos fueron unas seis oportunidades en las que pude presenciar esta situación, lo que me hizo comparar mentalmente con lo que se ve en las películas norteamericanas, donde el paso de los trenes está automatizado y hay barreras que actúan sin la presencia del hombre para evitar que los vehículos crucen y se produzcan accidentes. Bueno, parece que aquí esa tecnología no ha llegado todavía a nuestro país, porque igual cosa puedo decir sobre el paso privilegiado de los buses articulados de la Metrobastión, en Guayaquil, que en algunos cruces de calles funciona con semáforos que detienen el tráfico aunque no esté circulando ningún transporte de esta empresa, desperdiciándose tiempo y el precioso combustible subsidiado por el Gobierno Nacional.

Saliendo de Durán, el paisaje que se presenta a los lados no me llamó la atención y antes bien me concentré en escuchar las explicaciones que daba la guía sobre el denominado “Sendero de Arrozales” que abarca el trayecto Durán-Yaguachi-Durán.

Avanzando ya hacia la estación de Yaguachi, primera parada, el panorama cambió y a la distancia se pudieron observar cultivos de arroz y de algunos otros tipos. A Yaguachi llegamos en aproximadamente una hora, ahí hubo una detención de pocos minutos para que los viajeros estiren las piernas y tomen alguna bebida fría o caliente, acompañada de cierta comida típica como bolones de verde, muchines, humitas y hayacas.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
     
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Tras 15 minutos, a las 09:00 se reemprendió el viaje hacia Bucay, y en el tramo hasta la ciudad de Milagro, por el denominado “Tren de la Dulzura”, a la distancia se pudieron observar grandes cultivos de caña pertenecientes a los ingenios azucareros de la zona, así como viejas construcciones que el ingenio Valdez facilitaba a sus trabajadores para vivienda.

La verdad que para mí las tales rutas no tuvieron nada de especial, me pareció que es más la promoción que la empresa de ferrocarriles hace que lo que realmente se puede observar.

Continuando el viaje, el convoy cruzó por en medio de la ciudad de Milagro y siguió sin detener su camino hacia Bucay, a cuya estación arribó a las 11:45, es decir que el convoy demoró 3 horas y 45 minutos en recorrer el trayecto Durán – Bucay, cuya distancia es de 87 kilómetros, lo que indica que la velocidad del tren fue de algo más de 20 kilómetros por hora.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
     
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Al llegar a Bucay nos encontramos que sus pobladores celebraban las fiestas patronales en honor a la Santísima Virgen del Carmen con bailes típicos y desfiles de carros alegóricos. La principal calle, en la que se encuentra la estación del tren, estaba tomada por millares se ciudadanos que presenciaban el espectáculo que se brindaba en honor a la Virgen.

Luego de unas horas en Bucay emprendimos el regreso a bordo de un transporte de la empresa Santa Martha, que en menos de 2 horas cubrió la distancia de regreso a Guayaquil, estimada en aproximadamente 90 kilómetros. El pasaje costó 2.50 dólares.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
La cumpleañera y un grupo de sus amistades.
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Esas fueron más o menos las incidencias y las impresiones del viaje y antes de decir adiós quiero agradecer a mi amiga Graciela Arauz Brito, quien invitó a un grupo de amigas y amigos, entre ellos yo, a compartir el viaje para celebrar su cumpleaños. Muchas gracias amiga.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
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